But I don't believe that it ever will
martes, 5 de noviembre de 2013
CAMBIAR PARTE DE PENSAMIENTOS
Entonces sucedió, que al otro día desperté sin recordar ápice de la noche anterior. El silencio en mi mente fue bastante incómodo, ya que perdí la noción de la situación en la que me encontraba. Por sentado que era resultado del alcohol que había ingerido, y además de que yo no solía tomar, una sola gota bastaba para el olvido eterno. Pero ni bien decidí levantarme, cambiarme y aparecer en el desayunador, cuando vi que el Sr. Young estaba presente, con un molesto y frío semblante, me tranquilicé enseguida. Estaba segura de que cualquier cosa que hubiese pasado, que hubiese llegado a molestarle, pues entonces no era malo para mí, o al menos por ahora.
- Buenos días. ¡A todos!
No hubo respuesta, o al menos no alcancé a oír ninguna.
El ambiente era abrumador. La humedad se sentía tan solo respirar. Era exasperante. Pero sólo dentro. Cuando terminé el desayuno (sin cruzar palabra alguna con el Sr. Young), tomé mi abrigo y me dirigí a las afueras de la hacienda. Creo haber caminado como uno o dos kilómetros sin darme cuenta. ¿Cómo hacerlo? El día era una preciosura. El sol se había esfumado completamente, y sus rayos apenas se asomaban detrás del gris celestial que abarcaba la atmósfera. En los rosales destellaban las pequeñas gotas de rocío de la noche anterior y el aroma a aquellos llenaba el ambiente. Bien, sí, mi hacienda siempre olía a cementerio, ya que el aroma a rosas era algo característico de aquello. Pero siempre fue de mi agrado, y siempre fue de mi agrado visitar los cementerios.
Mi paseo no duró demasiado. Decidí volver, tenía mucho que hacer. Además Clarissa estaría sola, y debía escribir respuestas inmediatas a varias cartas que llegaban del centro de la ciudad. Me imaginé de repente en la agonía de inventar formales respuestas a cartas sin sentido de algunos viejos familiares que quedaban por ahí, sobre la hacienda, sobre mi vida, sobre negocios, en especial sobre negocios: la empresa familiar, de la que mis padres me habían dejado a mi al mando, y que yo no sabía manejar. Muchos me recomendaban venderla, otros delegar la gerencia. En fin, tenía tiempo para decidir, pero estar sentada ahí, en el desayunador, escribiendo sin cesar plenas formalidades y saludos amenos aún a aquellos que yo despreciaba. Pero, ya que. Era algo que se debía hacer y ya. Formalidades. ¡Ah, sí! ¡Oh, no! El Sr.Young. Lo había abandonado en la hacienda. No iba a estar muy contento. No es que yo sea de comportarme así, pero es que tampoco debía exponer mi amplio silencio mental. Además, el no había sido capaz de ni siquiera saludar. ¿Qué habría hecho yo? ¿Qué podía haber dicho, para causarle tanto amargor?
Y de pronto, ahí estaba. Esa sensación horrorosa y extraña en el estómago. Ya la había sentido antes, pero nunca así. Definitivamente no era culpa, era una mezcla de nervios y emoción que me hacían palpitar tan célebremente. Qué dolor y qué pasión. ¿Podía ser verdad? ¿Realmente Daniel causaba eso en mí? No, no podía ser, de ninguna manera. Cuando compartíamos tiempo juntos realmente me hacía enojar, y me repugnaba su felicidad, y su alegría y comicidad constante.
Ya me había perdido en mis pensamientos, cuando Clarissa gritó mi nombre.
Cuando llegué a la galería, el Sr. Young estaba listo para retirarse de la estancia, y yo confusa, perdida, nerviosa, y al parecer, más desorientada que nunca.
Nunca me digné a creer que algo tan casual terminaría en algo tan fatal. El hecho de involucrarme tanto llegó al punto de la perdición eterna. O al menos eso creí en ese entonces. Ya mirando hacía atrás, hay demasiadas cosas de las que me arrepiento. Nunca todo acaba de la forma que uno espera. Y más allá del infinito, hay alguien que debe ceder ante estas cuestiones. No quiero aclarar lo recién escrito. Más bien quiero dejar que el placer del que lee le rinda cuentas al significado.
No es que las personas malinterpretan las cosas, es que cada ser tiene su forma de sentir. Y a ese punto tuve que entender que ciertas situaciones y etapas no interpretaban en mí lo mismo que para aquel. Y que algunas podían llegar a no parecer ser dignas de existir siquiera en la conciencia de alguien más.
Estoy destinada a perder y ser culpable de mis hechos, y a pesar de que lo niegue, estoy segura de que algo habré hecho, o algo habré sido, o al menos algo.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Cuando llegamos a la entrada principal, cogí la llave de debajo del tapete, para luego soportar el regaño de Daniel por la inseguridad de aquel escondite tonto y predecible. Respondí a sus reclamos con "si", "tal vez" y varios "estás en toda la razón", cuando por fin logré abrir la gran puerta que daba a mi sala de estar principal. Al entrar se podía oir el rechinar de las maderas contra los zapatos que Daniel llevaba puestos, y luego, el silencio sepulcral de una mansión la cuál solo una jóven adulto vive.
Las paredes eran todas, y absolutamente todas en la mansión de color azul intenso, y es el día de hoy que estoy cansada de aquel penetrante color. El suelo de madera blanco combinaba a la perfección. En frente de la entrada, una enorme biblioteca circundada por sofás y sillones, todos de colores matices en madera y negros. A la izquierda una gran barra de tragos interminables y bebidas blancas para sobrevivir al frío de Sheffield, y también para sobrevivir a situaciones algo incómodas. Banquetas por doquier de la misma exacta tonalidad de los sillones alrededor de la biblioteca giratoria. El cuarto en sí debía tener doscientos metros cuadradados. Siempre dije que mis padres habían sido algo exagerados al construir semejante estar, pero así sea y en paz descansen, ahora es mi hogar y debía acostumbrarme a espacios grandes.
Por la derecha, el gran arco de madera daba paso al gran comedor, con una mesa de espacio para ciencuenta y seis sillas, todas colocadas en su lugar. Varios candelabros adornaban las mesas, y a mi sorpresa, las velas estaban encendidas, por lo que resolví que las criadas estaban ya levantadas.
-Buenos días, señorita Nevada. Señor.- dijo una de ellas, dirigiéndose con nula certeza a Daniel.
-Él, Clarissa, es el señor Young.
-¡Oh si!, disculpe mi ignorancia. Buenos días, señor Young.- en tono de disculpa, y haciendo una reverencia.
-Buenos días.- contestó Daniel, cortante.
-Clarissa, ¿podrías preparle al señor Young un cuarto, por favor?
-Si, por supuesto, enseguida Madam.
-Gracias.
Daniel y yo nos dirigimos hacia la gran barra de bebidas, donde el observaba meticulosamente la diversidad de alcohol que se hallaban en esos estantes.
Luego tomé asiento, y el hizo de barman, luego de una prolongada insistencia de su parte para que yo probase alguno de sus "exoticos tragos".
viernes, 3 de diciembre de 2010
Chapter 2
lunes, 29 de noviembre de 2010
viernes, 12 de noviembre de 2010
Nos sentamos junto a un árbol que debía haber sido el más antiguo del bosque entero. Me senté y al instante Daniel me siguió junto a mí.
-Equivocaste la penúltima nota.-
-¿Quién dice?-
-Yo digo.-
-¿Y quién eres tú, quién dice que tienes el permiso de corregirme? Apuesto que ni siquiera tienes conocimiento de las notas. Además no sabes nada del arte de canto. Limítate a tocar tu guitarra de cuarta y déjame a mí lo de entonar las letras.- contesté algo molesta.
- Y aquí es donde comienzas a parecerte a Catherine Earnshaw.- dijo, escondiendo su cara entre sus rodillas.
-¡Menudo hipócrita!¡Has leído lo que considerabas bobo!- reproché.
-Por supuesto que lo he leído.- rectificó orgulloso.
-¿Por qué tienes que mentir siempre?- pregunté con cierta decepción.
-Fue sólo para poder decirte que tu literatura era boba. De hecho no lo he leído, la verdad es que conozco la historia, tanto como para saber que el amor de Heathcliff era hacia Catherine.-
-No me extraña que siguieras mintiendo. Si buscas impresionar a alguien, no lo estás logrando conmigo.-
-¿Quién dice?-
-Yo digo.-
-¿Y quién eres tú, quién dice que tienes el permiso de evaluar mi comportamiento? Apuesto que tú eres la más mentirosa.- me imitó con tono burlón.
-Al menos parece que me oyes.- dije, levantándome del frío suelo y apartándome de él con intenciones de manterme lejos.
-Sí, lo suficiente como para decir que adoro tu voz.- gritó, permitiendo que la expansión del bosque repitiera en su eco sus célebres palabras.
Me quedé helada. Hacía tiempo que nadie me daba un cumplido refiriéndose a mi voz, y al menos no de una manera tan honesta y verdadera como había sonado aquella.