martes, 5 de noviembre de 2013

CAMBIAR PARTE DE PENSAMIENTOS

Pasó mucho tiempo ya como para recordar con exactitud todo lo ocurrido. Pero sucede que la mente tiene tantos lugares para grabar, que a veces los sentimientos quedan y las situaciones van cambiando de parecer a lo largo del tiempo. No entiendo como distinguir entre las buenas experiencias y las no tan buenas. Pero después de todo lo que ya he vivido, no queda nada más por aclarar. Está demás decir que Karín recuerda lo que a ella le parece que sucedió, y debe aclararse que su rencor y su enojo en el tiempo fueron desvaneciendo. Mejor perdonarla por perdonar que odiarla por odiar. Su vida ya no es la misma, sus gustos han cambiado, su apariencia ha cambiado, su forma de pensar y su manera de sentir también han sufrido modificaciones. Sin dudas, ha madurado. Pero esa culpa del existir que la abruma tanto permanecerá, o al menos permanece en el aparente presente. Su sentido del tiempo ha sido distorsionado y es por eso que ahora su vida sucede más rápido. Por lo tanto, olvidar actualmente le está más presente que nunca, y es algo que va a seguir creciendo durante su pertenencia a la sociedad, más allá de lo que esté bien y lo que esté mal.


Entonces sucedió, que al otro día desperté sin recordar ápice de la noche anterior. El silencio en mi mente fue bastante incómodo, ya que perdí la noción de la situación en la que me encontraba. Por sentado que era resultado del alcohol que había ingerido, y además de que yo no solía tomar, una sola gota bastaba para el olvido eterno. Pero ni bien decidí levantarme, cambiarme y aparecer en el desayunador, cuando vi que el Sr. Young estaba presente, con un molesto y frío semblante, me tranquilicé enseguida. Estaba segura de que cualquier cosa que hubiese pasado, que hubiese llegado a molestarle, pues entonces no era malo para mí, o al menos por ahora.

- Buenos días. ¡A todos!

No hubo respuesta, o al menos no alcancé a oír ninguna.
El ambiente era abrumador. La humedad se sentía tan solo respirar. Era exasperante. Pero sólo dentro. Cuando terminé el desayuno (sin cruzar palabra alguna con el Sr. Young), tomé mi abrigo y me dirigí a las afueras de la hacienda. Creo haber caminado como uno o dos kilómetros sin darme cuenta. ¿Cómo hacerlo? El día era una preciosura. El sol se había esfumado completamente, y sus rayos apenas se asomaban detrás del gris celestial que abarcaba la atmósfera. En los rosales destellaban las pequeñas gotas de rocío de la noche anterior y el aroma a aquellos llenaba el ambiente. Bien, sí, mi hacienda siempre olía a cementerio, ya que el aroma a rosas era algo característico de aquello. Pero siempre fue de mi agrado, y siempre fue de mi agrado visitar los cementerios.
Mi paseo no duró demasiado. Decidí volver, tenía mucho que hacer. Además Clarissa estaría sola, y debía escribir respuestas inmediatas a varias cartas que llegaban del centro de la ciudad. Me imaginé de repente en la agonía de inventar formales respuestas a cartas sin sentido de algunos viejos familiares que quedaban por ahí, sobre la hacienda, sobre mi vida, sobre negocios, en especial sobre negocios: la empresa familiar, de la que mis padres me habían dejado a mi al mando, y que yo no sabía manejar. Muchos me recomendaban venderla, otros delegar la gerencia. En fin, tenía tiempo para decidir, pero estar sentada ahí, en el desayunador, escribiendo sin cesar plenas formalidades y saludos amenos aún a aquellos que yo despreciaba. Pero, ya que. Era algo que se debía hacer y ya. Formalidades. ¡Ah, sí! ¡Oh, no! El Sr.Young. Lo había abandonado en la hacienda. No iba a estar muy contento. No es que yo sea de comportarme así, pero es que tampoco debía exponer mi amplio silencio mental. Además, el no había sido capaz de ni siquiera saludar. ¿Qué habría hecho yo? ¿Qué podía haber dicho, para causarle tanto amargor?
Y de pronto, ahí estaba. Esa sensación horrorosa y extraña en el estómago. Ya la había sentido antes, pero nunca así. Definitivamente no era culpa, era una mezcla de nervios y emoción que me hacían palpitar tan célebremente. Qué dolor y qué pasión. ¿Podía ser verdad? ¿Realmente Daniel causaba eso en mí? No, no podía ser, de ninguna manera. Cuando compartíamos tiempo juntos realmente me hacía enojar, y me repugnaba su felicidad, y su alegría y comicidad constante.
Ya me había perdido en mis pensamientos, cuando Clarissa gritó mi nombre.
Cuando llegué a la galería, el Sr. Young estaba listo para retirarse de la estancia, y yo confusa, perdida, nerviosa, y al parecer, más desorientada que nunca.


Nunca me digné a creer que algo tan casual terminaría en algo tan fatal. El hecho de involucrarme tanto llegó al punto de la perdición eterna. O al menos eso creí en ese entonces. Ya mirando hacía atrás, hay demasiadas cosas de las que me arrepiento. Nunca todo acaba de la forma que uno espera. Y más allá del infinito, hay alguien que debe ceder ante estas cuestiones. No quiero aclarar lo recién escrito. Más bien quiero dejar que el placer del que lee le rinda cuentas al significado.
No es que las personas malinterpretan las cosas, es que cada ser tiene su forma de sentir. Y a ese punto tuve que entender que ciertas situaciones y etapas no interpretaban en mí lo mismo que para aquel. Y que algunas podían llegar a no parecer ser dignas de existir siquiera en la conciencia de alguien más.
Estoy destinada a perder y ser culpable de mis hechos, y a pesar de que lo niegue, estoy segura de que algo habré hecho, o algo habré sido, o al menos algo.

viernes, 24 de diciembre de 2010

La caminata fue larga. Alrededor de dos hectáreas de césped y puros insectos, y sin un solo tema a colación. Ambos estábamos dislumbrados por áquel amanecer que iluminaba nuestras pupilas a cada paso hecho. El sonido de las aves y todo lo que nos rodeaba: el crujido del correr de las liebres por las plantaciones de arándanos, las abejas zumbando, y si uno prestaba la mínima atención, se podía ver a las pequeñas luciérnagas que giraban en lo oscuro del bosque, donde, aún, los diminutos rayos de sol no alcanzaban.
Cuando llegamos a la entrada principal, cogí la llave de debajo del tapete, para luego soportar el regaño de Daniel por la inseguridad de aquel escondite tonto y predecible. Respondí a sus reclamos con "si", "tal vez" y varios "estás en toda la razón", cuando por fin logré abrir la gran puerta que daba a mi sala de estar principal. Al entrar se podía oir el rechinar de las maderas contra los zapatos que Daniel llevaba puestos, y luego, el silencio sepulcral de una mansión la cuál solo una jóven adulto vive.
Las paredes eran todas, y absolutamente todas en la mansión de color azul intenso, y es el día de hoy que estoy cansada de aquel penetrante color. El suelo de madera blanco combinaba a la perfección. En frente de la entrada, una enorme biblioteca circundada por sofás y sillones, todos de colores matices en madera y negros. A la izquierda una gran barra de tragos interminables y bebidas blancas para sobrevivir al frío de Sheffield, y también para sobrevivir a situaciones algo incómodas. Banquetas por doquier de la misma exacta tonalidad de los sillones alrededor de la biblioteca giratoria. El cuarto en sí debía tener doscientos metros cuadradados. Siempre dije que mis padres habían sido algo exagerados al construir semejante estar, pero así sea y en paz descansen, ahora es mi hogar y debía acostumbrarme a espacios grandes.
Por la derecha, el gran arco de madera daba paso al gran comedor, con una mesa de espacio para ciencuenta y seis sillas, todas colocadas en su lugar. Varios candelabros adornaban las mesas, y a mi sorpresa, las velas estaban encendidas, por lo que resolví que las criadas estaban ya levantadas.
-Buenos días, señorita Nevada. Señor.- dijo una de ellas, dirigiéndose con nula certeza a Daniel.
-Él, Clarissa, es el señor Young.
-¡Oh si!, disculpe mi ignorancia. Buenos días, señor Young.- en tono de disculpa, y haciendo una reverencia.
-Buenos días.- contestó Daniel, cortante.
-Clarissa, ¿podrías preparle al señor Young un cuarto, por favor?
-Si, por supuesto, enseguida Madam.
-Gracias.

Daniel y yo nos dirigimos hacia la gran barra de bebidas, donde el observaba meticulosamente la diversidad de alcohol que se hallaban en esos estantes.
Luego tomé asiento, y el hizo de barman, luego de una prolongada insistencia de su parte para que yo probase alguno de sus "exoticos tragos".

viernes, 3 de diciembre de 2010

Chapter 2

La luna comenzaba a asomarse,y por ella me felicidad se regía. Era un hecho, estaba feliz. Al fin podía ver que todo lo que me rodeada no estaba cubierto de nieve, y que, por fin, podía ver algo más alla del frío. Mi sonrisa se expandía cada vez más al tono de Daniel, y muchas miradas se dijeron millones de cosas, que nunca fueron dichas, y tampoco serán, por supuesto.
Caminamos hasta la orilla del lado oeste, a unos siete kilómetros de la casa de los Warrior, pero sin embargo, me sentía más cerca de casa que nunca. Y realmente, era así. Estabamos a unos dos kilómetros de mi finca, de mis coníferas, de mi lago. Esa finca a la que nos habíamos mudado cuando yo apenas tenía tres años de vida. Me crié allí toda mi existencia.
Llegamos, luego de una extensa caminata, en la cual se basó en risas y empujones, en cantos e historias. No podía creer que le hubiese contado casi mi vida completa a aquel extraño, no tan extraño ya. Es que en sus ojos ví pureza, vi alegría, vi colores. Colores que para mí nunca habían existido, allí estaban. Y lo juraría por los dioses, allí estaban. Y es que confié todo. Hechos que nadie, sólo yo sabía. La verdad de mi encrespado rostro, la realidad de mi frialdad no tan fría. Cuán difícil era para mí misma evitar llorar cada vez que soñaba con mis padres, cada día que pasaba sin ellos. Cuánto tiempo había yo encerrado a mi persona en ese cuarto milagroso, cómo me hice wiccana, cuántos dolores había silenciado. Cuánto pudor había ignorado, cuán lejos había llegado.
Nos acercamos a la tranquera del lugar, y tan enorme era. Allí estaba yo, luego de diecisíete años de hechos y falacias, allí estaba, parada. Podía sentir a la luna gritarme, sentía libertad, y vi toda mi vida pasar en tan solo cinco segundos. Entonces, cuando recuperé mi superyo, redimí en buscar las llaves en mi bolso y..

-¡OH POR DIOS!-, grité con desesperación.
-¿Qué sucede?-
-¡Dejé mi bolso en la casa de los Warrior!¡Allí guardé la llave!-
-¿No tienes otra llave?-, asumió, con toda tranquilidad.
-¡Sí!¡Pero dentro de la casa!-
-Tranquila, iré por ellas.-
-¡NO!¡Quédate aquí!¡Ni te muevas!-, desesperada.
-¡¿Qué diablos sucede?!, demostró al fin una sombra de preocupación.
-Es que, temo a la oscuridad.¡Y demasiado! No te burles, ¿si?-, confesé, costosamente.

Daniel sofocó en risas como cinco minutos luego de mi confesión, y yo no sabía si reirme, enojarme, o llorar.
-Tendrás que venir también-, dijo.
-¿Estás loco? Yo no puedo saltar aquello.-
-Yo te alzo.-

A pesar de su contextura que parecía tan frágil y escuálida, se acercó hacia mí, me cogió de detrás de mis piernas, y me levantó sin esfuerzo alguno. Nuestros cuerpos se pegaron entre sí, como si lazos de energía nos uniesen mágicamente, y mi rostro quedó exactamente unos pocos centímetros más arriba que el suyo, yo me incliné hacia abajo,y ambos nos miramos, y todo fue reflejado en tan sólo un segundo.
-La forma en que tus ojos brillan..-, titubeó.
-¿Si?-
-La forma en que tus ojos brillan, realmente avergüenza a esas estrellas.
-Pero, las estrellas de Georgia son extremedamente bellas, susurré.
-Exacto.-

En ese mismo instante, sonreí tímida, y dirigí mi mirada hacia el suelo. Entonces el me sentó sobre la alta tranquera, volteé, y logré acceder dentro. El hizo lo mismo. Me tomo de la mano, y juntos caminamos hasta llegar hacia la entrada principal, donde se hallaba la llave.

(Aclaración: cuando escribí "donde se hallaba la llave", hice alegación a la ambiegüedad de términos. La llave auxiliar de la finca, y la llave del corazón de Helene.)

lunes, 29 de noviembre de 2010

Todo lo que pasó es al fin un recuerdo, y aunque sigo remitiendote en mi mente, espero que pare pronto.
Sin embargo, no puedo evitarlo. A pesar de todo sigo extrañando tu nombre, tu risa y tu carita. No sé que pasará en el futuro, no tengo idea qué será lo que me espera, pero por ahora los días contigo fueron los más lindos, los mejores. Todo lo maravilloso que poseeo en algún momento debe irse, como tú te fuiste. Pero nunca supiste absolutamente nada. No te preocupes, yo siquiera lo supuse.
Tiempos que yo reía, ahora debo conformarme con una simple fotografía. Tal vez me confundí, y mal interpreté tus indicios, pero ya no hay nada que hacer, me enamoré.
‘A veces desearía que los días que fueron, volvieran tiempo atrás y viviesen aquí y ahora. A veces me siento vacía. A veces estoy muy insegura, y desearía que estés aquí. Y todos los días fueron un constante sueño diario, cosas que yo imaginé que sería. Y toda pequeña cosa que que eras, nosotros éramos los únicos en saberlo, y fui la única que te amé, y tú fuiste el único que hizo sentirme completa.
Cada recuerdo, cada canción que canto, y las melodías que me acompañan. Todas siguen siendo tuyas’.
Mis palabras son susurros a la hora de explicar lo que siento. Es un frenesí de pensamientos, una etapa de neta realidad, reflejos de nuestra complejidad.
Ápices de amor en una relación de estrellas. Figuramos pero verdaderamente nunca estamos. Somos estrellas, tu creaste estrellas, yo no era precisamente una estrella.
La realidad de nuestros pensamientos está basada en lo que sentimos o creemos sentir, y los sentimientos, en lo que vivimos, o bien, creemos vivir.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Nos sentamos junto a un árbol que debía haber sido el más antiguo del bosque entero. Me senté y al instante Daniel me siguió junto a mí.

-Equivocaste la penúltima nota.-

-¿Quién dice?-

-Yo digo.-

-¿Y quién eres tú, quién dice que tienes el permiso de corregirme? Apuesto que ni siquiera tienes conocimiento de las notas. Además no sabes nada del arte de canto. Limítate a tocar tu guitarra de cuarta y déjame a mí lo de entonar las letras.- contesté algo molesta.

- Y aquí es donde comienzas a parecerte a Catherine Earnshaw.- dijo, escondiendo su cara entre sus rodillas.

-¡Menudo hipócrita!¡Has leído lo que considerabas bobo!- reproché.

-Por supuesto que lo he leído.- rectificó orgulloso.

-¿Por qué tienes que mentir siempre?- pregunté con cierta decepción.

-Fue sólo para poder decirte que tu literatura era boba. De hecho no lo he leído, la verdad es que conozco la historia, tanto como para saber que el amor de Heathcliff era hacia Catherine.-

-No me extraña que siguieras mintiendo. Si buscas impresionar a alguien, no lo estás logrando conmigo.-

-¿Quién dice?-

-Yo digo.-

-¿Y quién eres tú, quién dice que tienes el permiso de evaluar mi comportamiento? Apuesto que tú eres la más mentirosa.- me imitó con tono burlón.

-Al menos parece que me oyes.- dije, levantándome del frío suelo y apartándome de él con intenciones de manterme lejos.

-Sí, lo suficiente como para decir que adoro tu voz.- gritó, permitiendo que la expansión del bosque repitiera en su eco sus célebres palabras.

Me quedé helada. Hacía tiempo que nadie me daba un cumplido refiriéndose a mi voz, y al menos no de una manera tan honesta y verdadera como había sonado aquella.

Es una de las pocas veces donde no me doy cuenta a qué me arriesgo. Tengo un péndulo en mi cuello y corazón, me cuenta el tiempo que tengo para salir de este lugar, sin embargo, al parecer, deseo quedarme aquí. Esperando que mi vida cambie, tengo a mi gata mimándome y marcando con sus patitas mi hoja de escritura.
Fue una historia muy bonita, llena de amor y especulaciones. Se dice que cuando se especula se pierde, y así fue. No por mucho logré escapar, pero estoy en este instante escribiendo. Sí, luego de una recuperación casi total, cuando el 31 de mi mes escribí "te lloro a tí".
¿A dónde va mi vida? Cuando las luces se apagan y son las 3 de la mañana. "Es un frenesí de nunca acabar", y si, seguro me faltan leer muchísimos libros de filosofía. Las cosas cambian, y es una de las pocas veces donde no me doy cuenta a qué me arriesgo. Esta es una historia hermosa, tal vez mi conexión pueda relatarla mejor. Mis días eran contados, no obstante, volvieron a restarse. Tengo de testigo a mi gata, que no me permite escribir. Tengo recuerdos en mi mente que nunca podré descubrir. Se estarán preguntando, ¿es contagioso? Sí, normalmente sí.
Suelo usar reglas para este tipo de encomiendas, al respecto para con la vida, pero hoy será una excepción y tengo en cuenta que seguiré escribiendo hasta que muera. Bienvenidos aquí.
Era duro pensar que algo así podría haberme afectado tanto. ¡Una calamidad que no tenía importancia! Bueno, al parecer sí.
Entré regoneandome a la sala, supuse que era la mejor, siempre lo creo. Ví los pájaros, y me dije: ¡Cantan para mí! Si lo hacían. Malditos pájaros. Ahora puedo distinguir la cálida marcha fúnebre. Ironía pués.
El paisaje se veía calmo, no obstante los molestos pájaros y los perros correteando, mi vestido estaba húmedo. La lluvia empapaba mis zapatos de salir, y desteñia mi pelo. Las gotas caían sobre mi pecho. En fin, el frío era algo que se volvería cotidiano, ya lo estaba haciendo. Siquiera recién terminaba de entender las injusticias de una "necesitada malatendida", y ya me estaban escribiendo lo que terminaría de matarme, y si no me mataba, me convertiría en Wonderhelene. Lo que no sabía era que yo ya fui, soy y seré Wonderhelene.
-"Señorita Nevada, ¿puede acompañarme por favor?"-, a carcajádas gritaba Juana. Se burlaba del trato que el señor Young tenía para conmigo. Daniel Young. Y así comenzó todo.
En sus intentos de agradarme, me frecuentaba con indiferencia, una total ensaña para mí. No era lo que se dice apuesto, y precisamente, era más bien lo que se dice horroroso. En todo sentido, pero algo en su voz me agradó, y le ofrecí mi pseudo-amistad, que ya podrá ser interpretada más adelante.
Nos sentamos en el sofá que se encontraba en la glorieta de los Warrior. Era un lugar muy bonito a decir verdad, si bien no mi estilo, muy bonito. El piso de madera combinaba a la perfección con las vallas de piedra que cercaban la edificación. Lleno y rodeado de tulipanes blancos, el lugar perfecto para desperdiciar millones de tardes lluviosas. En el centro de ésta se encontraba una moqueta con un diseño, creado por la hermana mayor de los Warrior, al igual que el tejado, también pintado por ella. Justine Warrior.
Justine era de esas chicas atrevidas hasta cierto punto, en el cual se vuelven más discretas, y con discreción me refiero a falsedad, bien finjida, con una sonrisa puntualmente preparada para agradar a los más ingenuos de la bien puesta sociedad, y a pesar de caer tan bien en mi ámbito de clase financiera, sus planes para casarse con el jóven si bien no pobre pero tampoco pasable estudioso de las plantas Joseph Kelvin, seguían en pie y sin arrepentimiento alguno. Tal vez se gane su fortuna cuando se reciba de Biólogo Botánico, no lo sé y tampoco es de mi interés.
Justine era ínfima amiga de Daniel, sin embargo, nuestro encuentro no fue a causa de ellos, sino de un conocido mio, en áquel entonces amigo, Ralph Correll. Él fue el que me
intrudujo a él. Si, a él. Cuando todos nos encontrábamos en las fiestas del college, Ralph me comentó que alguien estaba interesado en mí, y en ese entonces, al no tener nada que perder, respondí con un okay. Nunca hubiera yo sabido de la existencia de un ser trasparente y oculto como él, maestro en el arte de esconderse, y juro que desde el puro principio creí conocerlo. Lo describí con "las tres sagradas T": Tarado, tímido y torpe. Debí haber incluido un deforme, pero no comienza con T.
Luego de haber marcado su comportamiento con la regla T, sentí lástima por él, así que decidí darle una oportunidad en su afán por impresionarme con sus "conocimientos musicales", y aunque tempranamente me aburría, descrubrí algo que no se incluye en "las sagradas T", que para algunos puede ser algo más, pero cualidad que para mí es un arma letal. Me hacía reir, y me hacía reir mucho, demasiado. Sonreír con él era algo habitual.
-¿Qué lee?-, sorprendida por la interrupción del silencio realmente sepulcral en que me encontraba, giré lentamente hacia la dirección de la voz.
-Cumbres Borrascosas, el clásico en el que el hombre es más terco y obstinado de lo habitual-, soltándo una sonrisa respondí.
-No lo he leído, pero apuesto a que no es mi tipo de literatura. Tu gusto en textos es muy inútil e infantil para mí, y me permitiría decir que hasta demasiado. A decir verdad, es bastante bobo.-, asumió.
-Y aquí es donde comienzas a parecerte a Heathcliff-, dije con desprecio.
-¿¡Hemingway!?-
-Dejémoslo ahí-, concluí.
-Está bien, ¿quieres hacer algo?-, preguntó con desinterés simulado, aunque yo pude escuchar su ápice de entusiasmo.
-Depende. Si vamos a la casa de tu amigo, no. Si vamos al bosque, sí.
-¿Qué te parece el lago junto al bosque? Podemos chapotear.-
-¿¡Chapotear!?¿Cuántas neuronas tienes?¡Estamos en plena nevada!-
-Bueno, entonces creo que subestimé su capacidad de supervivencia-, dijo con superioridad.
-Disculpe Sr. "nunca tengo frío porque soy un hombre"-
-Yo nunca dije eso, veo que se sobreentiende por sí mismo-, soltó una leve carcajada.
-Vale, el lago. Iré por mi cartera.
Fui rápidamente a buscar lo que necesitaba, mientras la lejanía del hogar me permitía meditar maneras de evitar el contacto físico que no era prudente con Daniel. Tomé mis cosas y me dirigí nuevamente a la glorieta, despidíendome de mi amiga Juliet, la hermana de Justine, y del Sr. y la Sra. Warrior. Me reencontré con Daniel y partimos camino al lago.
El trayecto fue bastante silencioso de él, pero por mi parte, yo cantaba "Hey Jude". Al parecer él disfrutaba oyéndome, y yo disfrutaba ser oída, hasta que llegamos.