La caminata fue larga. Alrededor de dos hectáreas de césped y puros insectos, y sin un solo tema a colación. Ambos estábamos dislumbrados por áquel amanecer que iluminaba nuestras pupilas a cada paso hecho. El sonido de las aves y todo lo que nos rodeaba: el crujido del correr de las liebres por las plantaciones de arándanos, las abejas zumbando, y si uno prestaba la mínima atención, se podía ver a las pequeñas luciérnagas que giraban en lo oscuro del bosque, donde, aún, los diminutos rayos de sol no alcanzaban.
Cuando llegamos a la entrada principal, cogí la llave de debajo del tapete, para luego soportar el regaño de Daniel por la inseguridad de aquel escondite tonto y predecible. Respondí a sus reclamos con "si", "tal vez" y varios "estás en toda la razón", cuando por fin logré abrir la gran puerta que daba a mi sala de estar principal. Al entrar se podía oir el rechinar de las maderas contra los zapatos que Daniel llevaba puestos, y luego, el silencio sepulcral de una mansión la cuál solo una jóven adulto vive.
Las paredes eran todas, y absolutamente todas en la mansión de color azul intenso, y es el día de hoy que estoy cansada de aquel penetrante color. El suelo de madera blanco combinaba a la perfección. En frente de la entrada, una enorme biblioteca circundada por sofás y sillones, todos de colores matices en madera y negros. A la izquierda una gran barra de tragos interminables y bebidas blancas para sobrevivir al frío de Sheffield, y también para sobrevivir a situaciones algo incómodas. Banquetas por doquier de la misma exacta tonalidad de los sillones alrededor de la biblioteca giratoria. El cuarto en sí debía tener doscientos metros cuadradados. Siempre dije que mis padres habían sido algo exagerados al construir semejante estar, pero así sea y en paz descansen, ahora es mi hogar y debía acostumbrarme a espacios grandes.
Por la derecha, el gran arco de madera daba paso al gran comedor, con una mesa de espacio para ciencuenta y seis sillas, todas colocadas en su lugar. Varios candelabros adornaban las mesas, y a mi sorpresa, las velas estaban encendidas, por lo que resolví que las criadas estaban ya levantadas.
-Buenos días, señorita Nevada. Señor.- dijo una de ellas, dirigiéndose con nula certeza a Daniel.
-Él, Clarissa, es el señor Young.
-¡Oh si!, disculpe mi ignorancia. Buenos días, señor Young.- en tono de disculpa, y haciendo una reverencia.
-Buenos días.- contestó Daniel, cortante.
-Clarissa, ¿podrías preparle al señor Young un cuarto, por favor?
-Si, por supuesto, enseguida Madam.
-Gracias.
Daniel y yo nos dirigimos hacia la gran barra de bebidas, donde el observaba meticulosamente la diversidad de alcohol que se hallaban en esos estantes.
Luego tomé asiento, y el hizo de barman, luego de una prolongada insistencia de su parte para que yo probase alguno de sus "exoticos tragos".
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